Patricio revisaba unos libros sin pasta en la librería de viejo que está junto al Café del Cielo. Lo
s revisaba sin amor, como aquellas cosas que hacemos las personas para pasar el tiempo, para detenernos a respirar, para curiosear sin motivo. La tarde se convertía en noche limeña, la mala iluminación artificial pasaba inadvertida y los niños entraban en sus casas para tomar el lonche.
Sonó el celular y la voz de Arcana lo devolvió a la vida, ya había llegado a la cita pactada y lo estaba esperando. Dejó los libros tal y como los encontró, sin orden alguno, desparramados sobre un plástico celeste lleno de polvo. Salió y saludó al anciano sentado en la puerta que cuidaba que nadie se llevara un libro a escondidas, el anciano no le hizo el más mínimo caso.
s revisaba sin amor, como aquellas cosas que hacemos las personas para pasar el tiempo, para detenernos a respirar, para curiosear sin motivo. La tarde se convertía en noche limeña, la mala iluminación artificial pasaba inadvertida y los niños entraban en sus casas para tomar el lonche.Sonó el celular y la voz de Arcana lo devolvió a la vida, ya había llegado a la cita pactada y lo estaba esperando. Dejó los libros tal y como los encontró, sin orden alguno, desparramados sobre un plástico celeste lleno de polvo. Salió y saludó al anciano sentado en la puerta que cuidaba que nadie se llevara un libro a escondidas, el anciano no le hizo el más mínimo caso.
Caminó por calles angostas sin iluminación. Comenzó a garuar y decidió subirse el cierre de la casaca y guardar sus manos en los bolsillos laterales. Tanteaba el suelo, cuidándose de no tropezar con el filo de la acera, con un muro improvisado, con una rampa para silla de ruedas. Caminaba despacio como un convicto camino a la silla eléctrica. Sintió la soledad, el frío, los ojos de Arcana, el supuesto amor. Supo que nada de eso le era suficiente para sentirse vivo, para saberse feliz. Cruzó la calle de los poetas olvidados y tuvo el presentimiento de que algo ocurriría. Los poetas formaban una ronda en torno a una fogata y rezaban algo en voz muy baja que él no pudo percibir, a un lado de la pista donde los autos tocaban sus bocinas y exigían permiso.La garúa se convirtió en lluvia como nunca en Lima. Las calles estaban nubladas, resbaladizas, oscuras, tristes, como siempre. Las personas caminaban o muy rápido o con demasiada lentitud. Patricio cada vez caminaba más despacio para evitar resbalar y verse en el suelo una vez más, perdido y solo. Entonces sucedió: En la esquina siguiente doblaba la figura de Fátima caminando en sentido contrario a él. Dentro de diez segundos estarían cara a cara, mas no labio a labio como años antes.Patricio tropezó torpemente pero no cayó, pensó en detenerse y dar media vuelta, o cruzar de acera sin mirar hacia el costado en el que Fátima venía presurosa, distraída, sonriente. Llevaba un bolso negro de cuero sobre el brazo, una blusa blanca pulcrísima, una falda larga y unas botas negras que Patricio reconoció enseguida como el regalo que él le dio siete años atrás.Fátima, la de los incontables sueños, la de la Navidad improvisada, la que se fue dos veces, la del amor, la que no supo decir adiós. La misma Fátima a la que no veía desde hacía seis años estaba a pocos metros de distancia, cada vez más cercana, en cada instante algo más mínimo los separaba. Fátima, la de los ojos de mentira, la del cabello con olor a fresa, la de la luna..Y no supo qué hacer.¿Y si la miraba y le sonreía? No, eso sería perdonar su abandono repentino. ¿Y si no la miraba y esperaba a que ella se acercara, sorprendida, divertida, amnésica? ¿Y si cambiaba de rumbo? ¿Y si no decía nada? ¿Y si decía todo? ¿Y si, de pronto, arremetía contra ella, exigiéndole revelar ese motivo que ella nunca le dio para no volver ese mes de Abril como tenían planeado?En todo esto pensó mientras sus ojos evitaban a los de Fátima. Se preguntaba si ella ya lo había reconocido en esos cinco pasos que ambos dieron como en un encuentro de amor. No supo responderse. Ni siquiera supo inventarse algo que necesitaba escuchar.Fátima se había marchado una mañana sin decir adiós. A los pocos meses volvió sin decir hola y esa noche, recuerda Patricio, no tuvo el coraje para exigirle respuestas y, una vez más, sucumbió en las redes del amor. Esa noche ellos se dieron por completo hasta dos días después. Luego Fátima se volvió a marchar, pero esta vez si dijo hasta luego y prometió volver en Abril, era Enero. Nunca llamó, nunca mandó una carta, no dio señales de vida y nadie sabía de ella. La primera noche del mes de Abril Patricio se sentó a esperarla en la puerta de ese departamento que habían compartido dos días. Y así todas las noches de Abril, Mayo, Junio y Julio.Hasta que llegó una noche en la que prefirió irse temprano a la cama y simplemente dormir.Fátima estaba a dos pasos y Patricio se sintió ridículo al reconocerla. No era Fátima, era otra mujer sin duda muy parecida, pero no era Fátima.
Se sintió estúpido y burlado. Y supo que, después de seis años, aún no había podido olvidarla. Siempre lo presintió pero esta noche él estaba seguro: Nunca había dejado de amar a Fátima, y en cierto modo nunca había dejado de esperarla. Su espera era una espera sin ilusión, pero era una espera al fin y al cabo y algo llevaba de ensueño.A las once de la noche volvió a su departamento después de haber dejado a Arcana en casa de su madre. Pensó en Fátima, en el color de sus ojos, en la manera que tenía de abrazarlo, como si él fuera lo más importante sobre la tierra, en la manera en que ella lo miraba y veía en sus ojos incredulidad, como si el amor no fuese tanto como lo que ella sentía. Recordó sus manos de dama, el color de su piel, la sabiduría de las pocas cosas que decía con un cigarro entre los dedos. Esa noche no se acostó temprano. Es más, esa noche no durmió pero amaneció antes que el día, viendo por la ventana de aquel departamento como la garúa no terminaba, con la ilusión de volver a verla, como si en realidad la hubiera visto el día anterior, como si la falsa Fátima hubiera venido a decirle al oído sígueme esperando...
Varguitas!
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